“…La gente viene y me dice que debo hacer cosas y las hago, y todo son chocheces. Quieren que haga algo por los pobres, lo que significa leer a Ruskin y sentirse muy virtuosa en la habitación mejor de una vivienda miserable. O que ayude a esta o la otra obra, lo que significa desalojar a la gente de las casas enrevesadas, donde han vivido siempre, y llevarlas a casas geométricas, donde suelen morirse. A toda hora no encuentra una dentro de sí más que la hórrida ironía de un corazón y de una cabeza vacíos. He de dar a los infortunados, cuando mi propio infortunio consiste en no tener qué dar. He de enseñar, cuando no creo en nada de lo que enseño. He de salvar a los niños de la muerte, y ni siquiera estoy segura de que no me valdría más morirme. Si yo viese ahora, es un suponer, ahogarse a un niño, le salvaría. Pero sería por el mismo motivo que me indujo a salvarles a ustedes, o a perderles, pues no sé bien lo que he hecho.”
Chesterton, G. K., “La esfera y la Cruz”.
¿Algo más que decir? No ¿verdad?