miércoles, 4 de agosto de 2010

“La celda, oblonga, era muy larga en comparación con la anchura. Tenía el ancho justo para extender del todo los brazos con las poleas colgadas en la pared de la izquierda, muy polvorientas. Y era lo bastante larga para que un hombre, recorriéndola enteramente, anduviese la trigésima quinta parte de una milla. También por higiene, una hilera de agujeritos, muy juntos, traían del exterior a la celda, mediante unos tubos, lo que se suponía fuera aire fresco. Porque aquellos grandes organizadores científicos insistían en que un hombre, aunque desdichado, ha de tener buena salud. Le procuraban un paseo bastante largo para que hiciese ejercicio, y agujeros bastantes anchos para darle oxígeno. Concluía de pronto su interés por la naturaleza humana. Al parecer, nunca se les había ocurrido que las ventajas del ejercicio no son sino parte de las ventajas de la libertad. No habían tenido en cuenta que el aire libre es solamente una de las ventajas del cielo libre. Administraban aire en secreto, pero en dosis suficiente, como si fuese medicina. Sugerían el andar, como si nunca el hombre hubiese tenido deseos de andar. Sobre todo, las autoridades del asilo insistían en que la limpieza fuese extraordinaria. Todas las mañanas, mientras Turnbull estaba aún medio dormido en la cama de hierro, elevada a media altura de la pared y sujeta a ella con unos hierros, cuatro trampillas o bocas de metal se abrían en lo alto de los cuatro rincones del aposento y le lavaban de toda suciedad. El alma solitaria de Turnbull se sublevaba contra aquella solemnidad diaria tan fastidiosa.
- ¡Estoy enterrado vivo! –gritaba amargamente-. Me han sepultado debajo de una montaña. Estaré aquí hasta que me pudra. ¿Qué puede importarles que esté limpio o sucio?
Mañana y tarde se abría en la celda oblonga una escotilla de hierro, y una o dos manos morenas y velludas metían por ella un plato de lentejas bien cocidas y un tazón de cacao. Me le menguaban el alimento, ni le privaban de ejercicio ni de aire. Tenía espacio bastante para andar, aire bastante y bastante nutritivo alimento. La única objeción era que no tenía hacia dónde dirigirse, nada por qué darse un festín y ninguna razón para aspirar el hálito de vida.”

Chesteston, G. K., La esfera y la cruz.
La libertad es parte de nuestra dignidad, nadie nos la debe. Toda la maquinaria que el mismo hombre pergeñó para dominar al hombre sumiéndolo en un mundo de ilusiones, no es más que un disparate, o mejor dicho una tontería, porque jamás el hombre podrá matar el deseo de transgredir las fronteras que el ser humano posee. Cuanto ese deseo desaparece no importa si jurídicamente la persona respira y habita el mismo mundo que nosotros. Ha muerto, lo que ha quedado es su máscara.

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